Como todos los días, Juvencia tenía que levantarse a las
3:00 am para dar de desayunar a su esposo, repartidor de leche.
Juvencia se sentía tranquila de llevar a cabo la rutina
común, todo aquello típico de una ama de casa - ¿acaso había otra cosa? - a
ella le parecía que no. Miraba con recelo a las mujeres que trabajaban, a las
madres solteras, a las divorciadas que tenían novio y a las que no cumplían
cabalmente las labores domésticas. Nunca hablaba mucho de eso, no se metía en
chismes ni comentarios porque eso no era de “señoras de su casa” aunque al
platicar con su hija y dentro del hogar, reprobaba ese tipo de actitudes. Se
jactaba de ser “muy mujer” porque además de las labores domésticas, sabía
bordar, tejer, coser y hacer todo tipo de manualidades, además preparaba el
mole “como mandan las costumbres”.
Su matrimonio y su familia eran lo que se esperaba, ella así
lo había imaginado, por eso se sentía tranquila y bien.
La señora Otilia era una de sus tantas conocidas, diez años
mas grande que ella. Viuda, con tres hijas y una herencia que le permitía vivir
de sus rentas. Se le veía joven aunque vestía aseñorada porque - “uno de señora
debe vestir como lo que es”- decía con mucho orgullo, comentario con el que Juvencia
estaba completamente de acuerdo, a sus 26 años ella actuaba, vestía y hablaba
como una de 40.
De entre todas sus conocidas Juvencia sentía una
inclinación especial hacia la señora Otilia. Le caía bien por ser una mujer
honorable, de su casa, dedicada a sus hijas, no como aquellas “busconas”. Su
comportamiento, pues, estaba de acuerdo
a los valores y costumbres que Juvencia apreciaba, y le agradaba su charla y compañía.
Un día, cosa rarísima en Juvencia, invitó a Otilia a ver
su colección de carpetas bordadas con listón en tela deshilada. Aceptó gustosa
y llegó a la casa de su anfitriona con su propia colección, llevó también
galletas hechas por una de sus hijas a quienes había educado para retener un
marido junto a ellas, idea que también compartía Juvencia.
Mientras veían las carpetas y tomaban café, a Juvencia se
le fue el tiempo muy rápido; hace mucho no se relajaba tanto ni se sentía tan
bien. Habían pasado del tema de las técnicas de bordado a la educación de los
hijos y lo mal que estaba la sociedad
actual “tan falta de valores”. Juvencia no recordaba hace cuanto no pasaba una
tarde así de feliz, se sintió cómoda y pensaba
en que no quería que ese momento se acabara pero tenía que terminar, era hora
de preparar la cena y volver a la rutina que terminaba con el día. Otilia
entendió, no se ofendió, sabía que eso era lo prudente y se ofreció a ayudarle
a doblar y guardar las carpetas, al hacerlo hubo un roce entre sus manos, fue
electrizante, Juvencia sintió un escalofrío recorriendo todo su cuerpo, jamás
había experimentado algo similar; por una fracción de segundo sus miradas se
encontraron, se sonrojó e inmediatamente volteó en otra dirección, siguieron
platicando normalmente.
Esa noche Juvencia estaba inquieta, la mirada de Otilia le venían a la mente, intentaba desviar
sus pensamientos, se repetía a ella misma que le estaba dando demasiada
importancia, pero en el fondo no podía olvidar esos profundos ojos negros y el
electrizante roce que le recorrió el
cuerpo.
A la mañana siguiente se encontraron en el tianguis, se saludaron
y siguieron el camino juntas acompañándose en las compras. Se reían, platicaban
y terminaron acordando que al siguiente día cocinarían juntas. Así lo hicieron
y la tarde siguiente fueron a comprar estambre, otro día se organizaron para comprar lo
necesario y preparar juntas un pastel, después Otilia le platicó que tenía un
recetario de gelatinas y pasaron por semanas haciéndolas todas. Las tardes eran
divertidas, Juvencia se sentía viva, hacia el resto de sus actividades con
mucho ánimo, cantaba aquí y allá; su esposo apenas y se daba cuenta de ello
pero apreciaba que últimamente había mas postres y mejores guisos.
Por su parte, Otilia compraba material para hacer
manualidades, pasaba por alguna mercería y pensaba en Juvencia, en lo que
podría gustarle; compraba el listón mas bonito, la chaquira mas brillante e
ideaba cosas que sabían le gustarían a ella. Se seguían hablando de usted, se
decían: “señora Juvencia”, “señora Otilia” a pesar de que pasaban ya mucho
tiempo juntas y parecía haber confianza entre ellas.
Juvencia se sabía feliz, sonreía todo el día y desde que
Otilia apareció en su vida, agradecía despertar y le emocionaban las actividades que diario planeaban. Otilia
sentía lo mismo, nunca se lo dijeron la una a la otra, es mas, nunca
pensaban mucho en eso, sólo sentían.
Ocurrió que Juvencia un día se enfermó, una gripe muy
fuerte la tumbó en la cama y Otilia decidió ayudarle a sus quehaceres y
cuidarla. Cuando le llevó su caldo de pollo y la acompañó en su cama para que
se la comiera, permaneció un rato platicando ahí con ella. Juvencia se quedó
dormida y se recargo en el hombro de Otilia, eso le conmovió muchísimo, nunca
había sentido tanta ternura, paso sus dedos por el cabello de Juvencia y
terminó en su mejilla, ella se sobresaltó un poco y entreabrió lo ojos, vio la
cara de Otilia y se sintió enormemente reconfortada, mas protegida que nunca,
una sensación de bienestar la sorprendió, sonrió y volvió a dormir. Nunca antes
había tenido un sueño tan profundo como el de esa tarde entre los brazos de Otilia.
Semanas después Juvencia se encontró a la señora Consuelo,
vecina de la colonia desde hace muchos años, la interceptó. Ella nunca
acostumbraba tener pláticas comprometedoras con nadie pero la señora fue
insistente en querer decirle lo que últimamente se rumoraba entre las vecinas,
Juvencia accedió a escuchar. Consuelo, tímidamente y con mucho tacto pero con
un dejo de morbo, le contó que se rumoraba que Otilia era amante de su esposo,
que por eso no salía de la casa - ¿Qué otra razón tendría para estar ahí
metidota? - y que era obvio que últimamente se arreglaba mucho mas, que se le
veía muy feliz a él y que para todas era indignante que además de todo se
burlara de Juvencia acompañándola a todos lados haciéndose pasar por su amiga.
Ella no quiso escuchar mas, le dijo a la señora Consuelo
que eso no era cierto pues nunca una mujer como ella lo permitiría, tenía clase
y dignidad y su esposo no era capaz, se dio media vuelta y se fue no sin antes
alcanzar a escuchar lo que la señora Consuelo dijo: “ la misma reacción de la
señora Otilia”.
- Así que la señora Otilia ya había escuchado el rumor -
pensó Juvencia mientras lavaba los trastes. No paró de llorar toda la tarde,
sabía lo que seguía, no podía ser diferente.
Otilia llegó esa tarde a su casa como siempre, Juvencia
abrió la puerta; hubo sonrisas tímidas y largos silencios hasta que Otilia al
fin habló - Señora Juvencia, le traje esto – dijo con voz entrecortada, puso sobre la mesa una caja; Juvencia la
abrió. Era un cuadro bordado en punto de cruz, un paisaje lleno de flores y
colores, en la parte de abajo su nombre enmarcado con enredaderas y flores de
Liz, sus favoritas. Juvencia admiró aquello y se le llenaron los ojos de
lágrimas, Otilia solo alcanzó a decir - espero le guste - y sabían que era el
final. Tomó su bolsa y dijo adiós, Juvencia la acompañó a la puerta y contempló
como Otilia se alejaba. Antes de dar la vuelta a la esquina volteó, iba
llorando, levantó la mano agitándola y Juvencia se sintió morir.
Pasaron muchas semanas para que Juvencia pudiera volver a
sonreír, se sostenía en sus hijos y sabía que seguir su rutina y con su familia
era lo mejor, pero sentía un hueco y no sabía qué hacer.
Después de un año todo volvió a la normalidad, ella
siguió despertándose al sonido de la alarma y sintiéndose tranquila, pero nunca
feliz, excepto cuando cerraba los ojos y
venía a su mente la sonrisa y la mirada
de Otilia junto con su aroma que percibía como si la tuviera ahí cerquita, entonces
recordaba con enorme alegría los que habían sido los mejores días de su vida.