jueves, 29 de agosto de 2013

Nos creemos que todo (o algo) nos pertenece.
Y no lo amamos, sólo lo poseemos.

No sabemos amar, creemos que amamos porque algo nos pertenece y le pertenecemos.

Dinero, objetos, personas, animales. Nada nos pertenece, solo compartimos momentos y espacios durante algún período de vida, pero nada es de nosotros. Lo material, en cualquiera de sus formas, es el medio y no el fin.

Creemos pertenecerle a alguien, queremos con toda nuestra ansiedad y desesperación, tomar como propiedad a alguien y que alguien nos tome como suya…no sabemos amar sin poseer.
Deseamos las cosas, “trabajamos” para obtenerlas, no las obtenemos para usarlas, solo queremos poseerlas, olvidamos una vez mas, que son el medio y no el fin.

Creemos solo en lo que podemos tocar, hacemos el amor para constatar que poseemos y que nos poseen, terminamos buscando solo el contacto físico porque no concebimos que el amor exista sin físico, sin posesión, debemos tocarlo para creerlo y después, andamos buscando solo el sexo porque una vez mas olvidamos que es por medio de el contacto físico que llegaremos al amor, solo como un medio y no como un fin.


Nos hemos metido, pues, en una carrera que no terminará.

lunes, 5 de agosto de 2013

¿Quién es Mario Enrique Suárez del Real Flores?

Es mi papá. También es papá de  Enrique Diego Suárez del Real Islas, y es esposo de Sonia Beatriz Islas Ortega.  Nació en 1951, el 14 de marzo. Sus papás: Teresa Flores Rosales y Enrique Suárez del Real Bermejo. Tuvo cuatro hermanos: Ma. De Lourdes, Yolanda, Silvia y David.

Cuando él tenía 11 años, su papá se fue de la casa, lo volvió a ver  cuando ya estaba casado y nos tenía a mi y a mi hermano. Desde que su padre se fue, mi papá  trabajó y ya nunca paró de hacerlo. A esa edad empezó a fumar y tomar, y según el mismo nos contaba; sintió la responsabilidad de ser firme y fuerte para cuidar de su mamá y sus hermanos, estigma con el que cargó hasta poco antes de partir.

Conoció a mi mamá en el CCH Vallejo, a los tres años de conocerse decidieron casarse, construyeron una relación y una familia con el amor, el apoyo y la libertad como principales cimientos, así fue hasta el final. Ya estando casado, estudió la licenciatura en administración en la UAM Iztapalapa y junto con mi mamá, tuvo que pasar muchos sacrificios para realizar su sueño de estudiar; como casi todo lo que se propuso en la vida, lo logró. Al terminar, apoyó incondicionalmente a mi mamá  para que ella también estudiara, y así, siempre que había alguien que soñara con algo y con la pasión de lograrlo, él estaba dispuesto a darle una mano y apoyarle con lo que el pudiera ayudar, lo hizo con sus hijos, con sus sobrinos, con familia de mi mamá y con nuestros propios amigos y parejas.

Le gustaba oír a The Doors, Queen, y casi toda la música de la época de los 60’s y 70’s en inglés (ABBA no le gustaba tanto) escuchaba una y otra vez a Pepe Aguilar y Alejandro Fernández y mientras trabajaba en asuntos de oficina, le gustaba poner música clásica, últimamente El lago de los cisnes y El cascanueces. Tres de sus canciones favoritas era “The roadhouse Blues”  (The Doors) la ponía cuando trabajaba la carpintería y en las fiestas con sus amigos. “Can`t take my eyes off you” (Boys town gang) le gustaba oírla en las fiestas de navidad y año nuevo, la repetía una y otra vez, grabó primero cassettes y luego CD’s con esa sola canción para escucharla durante toda la noche. Y “El Andariego”  la cual pedía cuando había tríos y si en las fiestas contrataba uno, sin falta la pedía y se la cantaba a mi mamá.

Su libro favorito era “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, y “Las enseñanzas de Don Juan” de Carlos Castaneda. Las películas que no se cansaba de ver, eran “Ben-Hur” “Espartaco” “Cleopatra” “Gladiador” “Troya” y “El caso Thomas Crown”  sus favoritas para relajarse eran las películas de acción,  y se divirtió una y otra vez viendo todos los capítulos de “Don gato y su pandilla”.

Era disciplinado para comer y siempre buscaba las opciones mas saludables con el único propósito de poder comer ocasionalmente y sin remordimientos, sus platillos favoritos: barbacoa, birria en Garibaldi, pancita en Peralvillo y carnitas en las fiestas. Siempre elegía agua y nieve de limón aunque hubiera otros sabores y compraba  nuez de la india y pasitas con chocolate, para comérselas de poco a poco.

Le gustaba recordar y platicar acerca de los lugares donde había vivido, (como Peralvillo y Donceles), y hablaba con nostalgia y profunda tristeza de su padre y de su abandono.

Parrandero, bailador y tomador. Por muchos años sólo se permitió a el mismo reír y carcajearse mientras estaba tomado, pero quienes lo conocimos de cerca sabíamos que en realidad era bromista, sarcástico ( a veces hasta de un humor negro) y alegre la mayor parte del tiempo y en la cotidianidad.

Era puntual y se molestaba con la gente impuntual (como conmigo), era exigente, estricto, disciplinado y creía en los modales prudentes y respetuosos para con la gente mayor, le irritaba la gente floja, desganada y desobediente.

Fue chalán, carpintero, taxista, enfermero, profesor, coció en máquina piel y ropa, jefe de oficina, de departamento y coordinador en hospitales, hasta llegar a subdirector de área en la CNDH; obedeció y mandó, y en cada oficio y cargo que ejerció, fue obsesivo, trabajaba siempre mas de lo establecido, no llegaba temprano a la casa, era minucioso y exigía excelencia, ejerció cada actividad siendo creativo, propositivo y firme, siempre encontró soluciones, encontraba formas diferentes de hacer tal o cual cosa y lo compartía entusiastamente con los demás. Cuando encontraba la oportunidad de ayudar a alguien, simplemente lo hacía.

De todo lo que trabajó y ejerció, su mejor papel lo hizo como padre y esposo, aun cuando no tuvo de donde aprender.
No fue un ser humano excepcional, no fue perfecto, cometió errores, algunos los enmendó, otros no. Pero tenía un espíritu fuerte y lleno de amor. Mi papá amó a su familia y esa fue su guía para ser padre y esposo, cada lección, cada paso que dio junto con nosotros, lo hizo con y por amor, con el corazón, nunca con la cabeza, todo aquello que nos dio y nos enseñó lo hizo pensando en que nos haría bien, en que nos serviría, en que era una muestra de su amor y lo extendía hacia la gente que nosotros mismos amábamos: amigos, parejas, hijas, familia; y así como compartía con nosotros, compartía con ellos lo que tuviera para dar.

Mi papá nos respetó y confío en nosotros, pero nunca dejó de guiarnos.

Desde que llegué a éste mundo, él me tomó de la mano para enseñarme a vivir. Desde cómo bolear mis zapatos y entregar mis tareas de la escuela, hasta enfrentar su muerte y vivir con su ausencia.  Hasta el último minuto no dejo de guiarme y me dijo, sin palabras, que siempre estaría conmigo, y que confiara en esas alas que él había tardado 62 años en construirnos. “Papá, ¡esas alas son de madera, no van a volar! - ¿Qué no confías en mi?, tu espérate, claro que volarán - ¡Papá, estoy volando!”. La grandeza de mi papá se reflejó en sus ojos, y los últimos días de su estancia en la tierra, sólo nos tomaba de la mano y nos comunicaba todo a través de su mirada. Esos últimos días entendí, que se iba físicamente porque quería seguir enseñándonos y guiándonos; enseñarnos por ejemplo que la gente como él, no se va; porque su herencia viva se quedó en la sonrisa y curiosidad de Andrea, en la mirada e inquietud de Daniela, la tranquilidad de Alexander, la nobleza de Dimitri y la intensidad de Jessy;  en el talento y el amor a su familia como Yoshio, en la inteligencia y creatividad de Charly, la templanza de Vane, el sarcasmo de Pablo; se queda en el amor que dio a quienes rodeó, en las enseñanzas que compartió con quienes convivieron y trabajaron con él, en el amor y apoyo que dio a mi tía Lety, en la comprensión y alegría que le daban y que tenía en Ricky y Anita, en el apoyo, confianza y amor que regaló a Jorge, Wendy e Isidro, en la protección y en el amor incondicional, libre y eterno que le dio a mi mamá, en las manos fuertes, la firmeza y  perseverancia de Kike; en mi alegría de vivir y en esta insistencia que tengo de decirles a todos, lo que mi papá repitió una y otra vez: a éste mundo se viene a ser feliz.